Doctrina Rosacruz Aurea

Durante el tiempo de mi pertenencia en la Rosacruz Áurea, comprendí que la concepción digamos cosmológica que se compartía era de corte teosofista, aunque sobre ese telón de fondo se proyectara una doctrina espiritualista de tipo gnóstico.

La resultante de aceptar ese mapa era una disociación con respecto a la realidad, o sea que uno acababa ajustándose psicológicamente a un marco mental conforme a ciertas concepciones irreales que estaba haciendo suyas, y en un ambiente de sugestión colectiva.

Uno salía de las reuniones como si el mundo en el que vive se modificara mágicamente para concordar con aquello que se le estaba inculcando. Y, claro está, si no se tienen recursos suficientes para analizar estas cuestiones, no debemos extrañarnos de entrar en una alienación.

Uno de los efectos que puede producir el dar por buenas ciertas concepciones de la realidad que, en el fondo, sabemos que no son ciertas, es la disonancia cognitiva, un desajuste entre lo que conscientemente pretendemos creer y lo que subconscientemente no dejamos de saber que es la verdad. Esta disonancia no tiene efectos positivos sobre nuestras capacidades intelectuales, sino más bien al contrario, por lo que no es raro que en tales condiciones un estudiante vea disminuir su rendimiento académico, o que cualquier persona cometa más errores de los habituales en sus relaciones sociales, efectos que personalmente pude experimentar.

Un adepto de la Rosacruz Áurea se ve en la tesitura de creer hechos que lo sitúan fuera de los parámetros normales en términos psicológicos. Así lo condiciona la influencia o la presión ambiental del grupo, y este efecto se incrementa con las abundantes actividades y convivencias en las que se ve inmerso, que absorben y niegan la oportunidad de vivir apartado de la secta el tiempo suficiente para cuestionar con eficacia este sistema de creencias.

Puesto que la doctrina oficial era heredera de la Sociedad Teosófica y de las ideas de Rudolf Steiner y Max Heindel, con los añadidos personales de Jan Van Rijkenborgh y Catharose de Petri, la visión del cosmos, de la Tierra, de la historia natural y de la constitución humana era tan irreal que no podía asimilarse sin experimentar algún efecto negativo sobre la psique. Uno vive en un universo en el que los cuerpos celestes cambian de nivel vibratorio según rondas o ciclos, y podían volverse más sutiles o más densos y, según los casos, son habitados por una oleada u otra de vida, más material o más etérea, de acuerdo con el nivel evolutivo de los seres que la habitarían. Así, por ejemplo, la Tierra habría tenido otra textura en el pasado remoto, siendo menos densa y más sutil o “etérica”, y en el futuro volvería a desmaterializarse para volver al estado sutil.

Se afirma que todos los planetas están habitados, aunque no siempre de modo visible, porque habría oleadas de vida que están en un estado de desarrollo más o menos denso o sutil. Estas oleadas de vida son grandes colectividades de seres de diversas especies y naturalezas que advienen a la existencia en un momento concreto, habiendo oleadas más antiguas y más jóvenes. Los seres humanos tendrían una conciencia individual, pero los animales no, y estos últimos estarían regidos por un espíritu grupo, una especie de genio colectivo que gobernaría y dirigiría a todos los ejemplares de una misma especie.

La humanidad incipiente, en sus albores, habría pasado por el período conocido como “de Saturno”, aunque ello no tiene relación con el planeta del mismo nombre, y habría existido en la Lemuria y en la Atlántida.

Gracias a las poderosas facultades clarividentes que supuestamente poseían los Grandes Maestros que inspiraron estas doctrinas, éstos decían poder dirigir su mirada a los planos invisibles de la existencia, donde pretendían leer en los “archivos akáshicos”, una especie de memoria oculta de la naturaleza en la que quedaría registrado todo lo que ocurre y que estaría a disposición de los maestros cualificados. Ello les permitiría dominar los entresijos de la vida espiritual anterior al nacimiento y posterior a la muerte. Prácticamente no había misterio o cuestión existencial que no obtuviera respuesta.

La abundante obra escrita por Max Heindel, Jan Van Rijkenborgh y Catharose de Petri se encargaba de suministrarnos todas las respuestas a todas las preguntas imaginables. Una anatomía oculta del ser humano nos enseñaba cómo obraría a través de nosotros un proceso de “transfiguración” que nos convertiría en “hombres nuevos”.

La activación de ciertas energías sutiles pondría en funcionamiento diferentes vórtices de energía (chakras) y órganos de secreción interna, y las corrientes invisibles activadas irían conquistando progresivamente determinados “santuarios” (centros sutiles) de la anatomía oculta humana. Pero únicamente la fuerza obtenida en las actividades grupales de la Escuela era válida para la realización de este proceso de liberación espiritual.

De ahí la necesidad de una participación constante y continuada en las actividades, de manera que pudieran generarse y asimilarse estas energías, y actuaran en nosotros. De ello se deriva, claro está, una gran dependencia del grupo, pues fuera de su “campo de fuerza”, como se llamaba a una esfera invisible en la que estaban incluidos y, por así decir, protegidos todos los adherentes de dicha Escuela, no era posible progreso espiritual alguno.

Cada mes había una convivencia, llamada Conferencia de Renovación, en fin de semana de sábado a domingo, la cual tenía lugar en un Centro de Conferencias, un complejo de edificaciones en las que se acogía a los huéspedes por centenares, y que albergaba diversos templos, espacios varios para actividades, cocinas, comedores, dormitorios colectivos con literas, etcétera.

Autor entrada: Lcdo. César Grau Mompó

Abogado, licenciado especializado en Derecho Público, con práctica en Derecho Privado, Valencia, España. Realiza estudios especializados en movimientos ocultistas esotericos, con investigación personal sobre la secta Gnóstica Samaeliana y sobre los Rosacruces